martes, 13 de agosto de 2013

Potitos asesinos

Solo le doy potitos a mi príncipe cuando vamos a comer fuera y voy sin tiempo para prepararle la comida y llevármela en el termo. Y se nota...
El otro día fuimos a Ikea y tal y como yo preveía se nos hizo tarde para la hora de comer del peque. Así que saqué un potito del bolso y me fui a una de esas maravillosas salas de lactancia que tienen microondas.
Lo puse un minuto diez, (y si, sin la tapa) al príncipe le gusta bien caliente, si no empieza a poner caras raras. Cuando pita, abro la puerta y muy prudentemente con un buen trozo de papel para no quemarme cojo el bote. De repente se forma una burbuja como si eso fuera un volcán y salta directo a mi pobre mano. Madre de Dios.
Nunca me había quemado de esa manera. Me saltó la piel y se me puso en carne viva, me temblaba hasta la mano del dolor. Menos mal que tuve sangre fría y conseguí soltar el potito sin tirarlo al suelo, si no, me hubiera quemado algo más.
Después de cuatro días aún me duele y tiene un aspecto de lo más chungo, y sé que va tardar lo suyo en secarse y curarse.
Pero lo peor es cada vez que cojo al peque en brazos, casi cada vez me toca en la herida y veo las estrellas. Parece que lo haga aposta.
Es prácticamente imposible que un niño se queme comiéndolos, porque las madres siempre comprobamos la temperatura antes de darles lo que sea a nuestros hijos. El peligro es para nosotras.
Vaya tela con los potitos asesinos, nunca los volveré a subestimar.

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