jueves, 5 de septiembre de 2013

Crónica de mi parto por cesárea (parte 1)

A raíz del primer cumple de mi pequeño, he pensado que sería un buen momento para compartir la experiencia de mi parto.
Sé que hay mucha gente a la que no le interesa lo más mínimo, y lo entiendo.
Pero este post está dedicado especialmente a esas mujeres que aún no han dado luz y que son tan curiosas como yo. Y por supuesto, a todo aquel que le interese leerlo.

En mi embarazo me tragué todos los programas y documentales que encontraba sobre el embarazo y el parto. Vi más partos de los que puedo recordar.
También leí en blogs y foros muchas crónicas de parto en primera persona. Me fascinaba ver lo diferentes y parecidas que somos las unas de las otras en un momento tan importante de nuestra vida.

Me impactó mucho cuántas cosas diferentes pueden surgir en un parto. Creo recordar que una comadrona del programa Baby Boom lo definió muy bien, dijo que cada parto era un mundo porque cada mujer era un mundo. O algo muy parecido.

Después de ver cada programa o leer cada crónica me sentía muy bien. Sentía que ya no iba tan a ciegas, que es algo no soporto.
Y yo, que no veo la tele nada más que para ver documentales o deportes, siento (aún sigo viendo y leyendo sobre el tema) una empatía y una afinidad que me alucina hacia esas mujeres. Yo que soy anti realities.
Será la maternidad.

En fin, que me enrollo y esto se va a hacer muy largo. ¡Y no quiero aburrir a nadie!

En mi embarazo, la mayoría de veces que hablaba sobre como sería el parto, decía que lo único que no quería era una cesárea.
Son muchos los motivos por los cuales no quería que mi parto terminara así. 
Por ejemplo;
- Se trata de cirugía mayor, aunque sea una práctica muy común, estamos hablando de una operación, siempre hay riesgos.
- Te separan más tiempo de tu hijo.
- Normalmente no dejan entrar al padre a quirófano.
- El tiempo de estancia en el hospital es más largo.
- La recuperación física es más lenta.
- La leche puede tardar más tiempo en subir.
- No es lo natural, por lo tanto no es lo mejor, ni para la madre ni para el bebé.

Yo no creía que me pudiera pasar a mí. Y no quería que me pasara. Pero pasó.
Yo salía de cuentas el 23 de agosto, y puntual como soy yo, la noche del 22 al 23 empezaron las contracciones. Eran irregulares, cada veinticinco, cada veinte o cada quince minutos, ¡o cada media hora! Los dolores eran muy soportables, así que no pensaba moverme de mi casa. Cada vez que tenía una contracción, me entraban unas ganas enormes de hacer pis, eso fue lo más incómodo. Por lo demás, seguí en la cama e incluso dormí algo.

Por la mañana tenía que ir al hospital a entregar un bote enorme de orina porque mi ginecólogo creía que podía tener preclampsia. Mi marido se empeñó en que ya que estábamos allí, me vieran.
Yo seguía más o menos igual y sabía lo que me iban a decir, que había empezado el trabajo de parto pero que todavía me quedaba mucho. El ginecólogo que me atendió, me aconsejó que si quería pasar la espera en casa tranquilamente, volviera cuando tuviera las contracciones regulares cada cinco minutos.

Así que volvimos a casa. A medida que pasaban las horas, las contracciones se iban volviendo más regulares  y más intensas. Durante todo ese tiempo estuve yendo del sofá a la pelota de pilates, una y otra vez. Voté, caminé, me tumbé, me senté...
Mi hermana se vino para casa para apoyarme junto a mi marido. Ellos de vez en cuando me iban diciendo que fuéramos al hospital, mi madre por teléfono (porque vive lejos) cada media hora, también. Yo les decía que podía aguantar el dolor, que seguro que aún me quedaba mucho y que no quería estar más de lo necesario en el hospital.

Hacia las diez de la noche, ya tenía contracciones cada cinco minutos y eran cada vez más intensas. Así que ya no tuve otra alternativa que ir al hospital. Recuerdo que por el camino les fui diciendo a mi marido y a mi hermana "¡Espero que no me manden para atrás!", aún no estaba yo muy convencida de si íbamos demasiado pronto...
Cuando me examinaron, la ginecóloga me felicitó. Me dijo que tenía una dilatación de seis centímetros, que podía sentirme orgullosa de mi misma porque había atendido a mujeres con apenas un centímetro que no paraban de quejarse. La verdad es que cada vez sentía más dolor aunque hasta entonces había aguantado muy bien.
Pero el momento en el que realmente me di cuenta de que dentro de muy pocas horas iba a conocer a mi hijo, fue cuando la ginecóloga me dijo que en unos minutos vendrían a buscarme para llevarme a la sala de partos. Fue algo impactante lo que sentí.
Resulta que era la única que estaba pariendo esa noche en mi hospital, así que tenía a la comadrona para mi solita. Estuvo disponible todo el tiempo pero también nos dio momentos de privacidad, fue encantadora.

Prefería no ponerme la anestesia epidural si el dolor era soportable, pero siendo sincera, tenía claro que si la "necesitaba"no iba a decir que no. La comadrona de los cursos de preparación al parto era anti epidural, así que era muy consciente de todos los inconvenientes que conllevaba.

Casi nada más llegar a la sala de partos, la comadrona me hizo un tacto. Mi bebé tenía la cabeza muy alta todavía y además, no estaba muy bien posicionado, en lugar de estar mirando hacia mi espalda, miraba hacia adelante. Encima, traía una vuelta de cordón y para acabar de rematarlo, a causa del tacto empezó a tener bradicardias. Me pusieron oxígeno para ayudar al bebé y funcionó.
Entonces, me habló de la epidural, me dijo que me iba a romper la bolsa y que a partir de ahí el dolor iba a ser mucho más intenso. Me convenció. Quizá si no hubiera habido los inconvenientes de la postura, el cordón y las bradicardias, a lo mejor me hubiera planteado pasar. Pero no lo dudé.

Me la pusieron rápida e indoloramente y al cabo de unos cinco minutos empecé a no notar las contracciones. Aparte de la insensibilidad, el mayor problema de la epidural es que tienes que estar en la cama o camilla, no puedes moverte. Ese era uno de los motivos por los que no la quería. Para mí, el hecho de estar tumbada ralentizó mi parto y quién sabe, hasta lo fastidió.

Una vez me rompieron la bolsa, empecé a tener contracciones más fuertes y más frecuentes y en poco rato, ya estaba dilatada de diez centímetros. Ya podía empujar.
Pues no.
A pesar de ponerme de lado un rato y de los intentos de la comadrona en girar la cabeza del peque, mi chico no se movía. Y lo que es peor, empezó a sufrir bradicardias cada vez que tenía una contracción, o sea, casi todo el tiempo.
Estuve lo que a mi me pareció una eternidad con la mascarilla del oxígeno puesta, intentando concentrarme en respirar cuando estaba muerta de miedo por lo que pudiera estar sufriendo mi hijo. La comadrona me dejó caer que podrían tener que hacerme una cesárea, que iban a intentar evitarlo, pero que la cosa estaba complicada.

Vino la ginecóloga y en seguida me hizo empujar. Juro que empujé con todas mis fuerzas y con toda mi alma. Debieron de ponerme poca epidural porque justo antes de empujar ya volvía a sentir dolor y también un poco de movilidad. Lo intenté con todo mi corazón pero tras dos intentos, mi bebé lo único que hizo fue seguir con sus pulsaciones bajas.
Entonces, la ginecóloga me dijo que tenía que practicarme una cesárea de urgencia. Instintivamente, lo primero que salió de mi boca fue "no". No de "no me lo puedo creer, estoy en mi peor pesadilla", no de "no puede ser que la cosa esté tan mal", no de "estoy cagada de miedo"...

Ella me habló con una sinceridad que yo agradecí, me dijo más o menos esto; "Si quieres podemos intentarlo una vez más, pero te aviso de que tal y como está, no va a cambiar nada. Tu bebé está sufriendo, y cuanto más tiempo esté dentro... No puedo garantizarte que él vaya a estar bien. A mi no me gusta hacer cesáreas, pero hay que hacerlo". Obviamente, no hizo falta que dijera nada más. No pensaba poner en riesgo a mi hijo porque yo quisiera parir de forma natural.

La cesárea fue toda un experiencia. Yo ya había pasado por un quirófano dos veces por cuestiones menores, pero con anestesia general. Esto es otra cosa. De acuerdo, en pocos minutos sabes que vas a poder ver a tu hijo, y solo por eso, se vive de otra forma. Pero, por lo menos a mí, me dio miedo.

Es muy extraño sentirlo todo, aunque sin dolor. Yo soy una persona muy emocional, expresiva y nerviosa, pero conseguí estar bastante calmada.
Fue muy rápido, enseguida sacaron a mi pequeño. Desde que dijeron la hora del nacimiento (2:33) hasta que me lo enseñaron creo apenas pasaron unos segundos.
Ese fue el mejor momento de mi vida.

Tenía los ojos muy abiertos, eso me sorprendió mucho. Acerqué la mano hacia él y al momento me cogió un dedo con su manita. Eso si que me impactó. Y ahí ya no pude contenerme más, me puse a llorar y a reír a la vez. Qué rabia me dio después, si hubiera sido capaz de seguir calmada, no hubieran tenido que sedarme para poder terminar la intervención.

Fue tan desagradable despertarme sin mi hijo en la sala de reanimación. No había sentido tanto frío ni tanta desorientación en toda mi vida.
Pregunté a duras penas a una enfermera por mi hijo y me dijo que estaba fenomenal, que había pesado 3500 gramos y que estaba con mi marido.
Por lo menos ya había conocido a su padre. Su padre..., ¡Dios! Mi pobre marido, fuera del quirófano solo, ¡qué mal lo debió haber pasado mientras me hacían la cesárea!

Continúa en el siguiente post...

Nota:
Al final me ha salido un post tan largo que he decidido hacerlo en dos partes, la segunda la publicaré en el próximo.

5 comentarios:

  1. A mi tampoco me hubiera gustado una cesárea, pero sabes que hicieron lo mejor para los 2. Seguro que nunca lo olvidaras, y dentro del miedo que pudiste pasar, hoy puedes estar orgullosa del gran trabajo que hiciste ese día :)

    un besazo guapetona

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    1. Gracias :) Justamente es eso. Ese fue mi consuelo en esos momentos.
      ¡Besos guapi!

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  2. Hola Cristina!!! Bufff, vaya historia, qué pena q tuvieran q hacerte una cesárea, pero al fin y al cabo los médicos son los q saben lo q es mejor y si no había otra opción... Yo si te digo la verdad es una cosa q me da fobia y me tiraría para atrás las ganas pero obviamente NO, y prefiero no pensarlo hasta q no llegue el momento, eso sí a mí q me pongan toda la epidural del mundo, no sé donde leí que todas las mujeres desean un parto natural y sin medicación, mentira, todas NO, yo no...envidio a las q os veis capaces de q sí pero yo me conozco y no soporto el dolor...
    En fin, lo importante es que la madre y el bebé estén sanos después y lo estáis así q lo demás es historia (entre comillas, jeje, q lo tuyo pasaste)


    Besos

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    1. ¡Hola guapa!
      ¡Eso es! Lo mejor es ir abierta a que pueda pasar de todo, eso si, ¡con la epidural!, je je je.
      Yo no sé si la próxima vez me veré capaz o volveré a sucumbir a doña epidural, supongo que depende de las circunstancias... Pero como hemos dicho, ¡mejor no pensarlo!
      ¡Besitos!

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  3. Hola Cristina! Me ha encantado tu post! PRECIOSO… y tan real! Lo he revivido todo!! Emociones, sensaciones,…. El frío, y desconsolación que comentas en la sala de reanimación…. Yo soy mamá de Clàudia (3 años>) y Pol (1 añito). Clàudia nació por cesárea, y era mi primera vez en un quirófano. Lo pasé fatal, miedo, emoción, ternura… todo mezclado! Pol fue parto normal… y aunque sufrí mucho, no lo cambio por nada! Un abrazo y continua escribiendo éstas crónicas tan bonitas. Te invito a dar un paseo por mi blog, si te apetece. Montse de lesmiliunaidees.blogspot.com

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